Idunn

Foto: Juan Manuel Díaz.

Fui a ver a las Nornas. Urd y Skuld tejían y destejían; Verdandi tenía la rueca mala, y los destinos de algunos hombres se enredaban en las ramas de Yggdrasil. Al otro lado del río, un animal bellísimo me miraba. Le ofrecí una de mis manzanas. Tuve que nadar de espaldas, con la fruta al medio de mis pechos. No podía mojarse. Las hilanderas gritaban que me devolviera.  Casi al llegar a la orilla, el animal se acercó a mí y devoró el pomo carnoso y fragante. Serás joven para siempre, le dije acariciando su hocico. Él gimió de alegría, y hundió lentamente sus colmillos en mi cuello. Se ahogó de inmediato con los vapores venenosos de las uñas de los muertos que yo guardaba debajo de la lengua, a modo de precaución.

Trepadas arriba de Yggdrasil, las Nornas soñaban con aguas rojas y batallas eternas. Salí en silencio. No quise despertarlas. Mis dedos estaban traslúcidos.

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