ἀλήθεια

Los ojos son de Simone de Beauvoir

Diré la verdad. Esa otra que soy no existe. Insomne, me miro al espejo y veo a un ser humano que trata de descifrarse. Luego, temerosa de perderme, escribo. La femme, cette inconnue; no sé quién lo dijo. Y yo escribo. Afuera el mundo gira en su eje cansado, y velo mis propios ojos. Miento.

Lector, nunca llegarás a conocerme; es tan extraño saber que me observas y que Alétheia se instaura en esa oblicuidad llena de conceptos. Y todo huele a estereotipo, a palabra malgastada, a naftalina verbal.

Des(a)nudo lentamente mi escritura, porque sé que dos bocas deben unirse, aprender el lenguaje tibio que no sale en los libros, y que un hilo de saliva entreteja un puente de nostalgias, desdibujado y febril.

Encuéntrame aquí, en este instante en que me disfrazo de harapienta, estirando la mano limosnera de la ficción y de una verdad – epitafio.

Somos dos solos, cada uno con sus rituales de añoranza cruzada. El invierno terminará de llevarse el laberinto, y tú me leerás acostado en tu cama de estirada soledad, pensando que deberías escribir también, contestarte a ti mismo la pregunta que dejaste suspendida en el aire, tambaleando como una hoja de árbol a punto de caer.

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