Narcisa II

Marilyn Monroe.

A Catalina Lister y Carlos Aliaga, generosos como el mar.

Yo era bella y alta, de ojos verde lago, cintura azucarada y caderas salvajes. Yo estaba enamorada de una imagen que vi cuando me bañaba desnuda en la tinaja del patio de mi casa, situada en las praderas del trigo y del deseo. Yo era un adjetivo inefable.

Yo amé a la imagen que era tan increíblemente parecida a mí. Le di mil besos de espuma y mis manos la acariciaron hasta enloquecerla. La imagen era un remolino, una tempestad de agua, una calma jabonosa.

Yo era feliz y mi piel también. Agradecidas, nadamos al revés.

Pero llegó la noche arrastrando el poncho en brujerías y maldiciones. Imagen huyó. Yo sentí frío y vagué por parajes desconocidos, con una sensación de algas en mi boca. Yo me escondí debajo de unas piedras y esperé, esperé por siglos.

¿Por qué será que ahora cazo ratones y enveneno a quien se cruce en mi camino?

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