Afrodita

Venus, de Botticelli

A Flavia Radrigán

No crean. Estar equilibrada por siglos arriba de la valva es una pesadilla. Y qué decir de mis pies llenos de algas y ramificaciones coralinas por los azotes del mar espumoso. La humedad y el frío me han dotado de una voz grave. Cada vez que he pedido algo de ropa, todos han huido despavoridos. Nadie me da alimento. He tenido que comerme mis propios esputos sangrientos.

¡Hasta cuándo! ¡Bájenme de aquí! ¿Me escuchan?

Ahí viene una mujer de extraña vestimenta. Dice que yo soy su patrona. Prende una vela y me pide ayuda. Dice que Cafishio la ha abofeteado y que le quitó su salario. Aquí hay sal de sobra, respondo. Ella mira el paisaje con agrado. Es el momento justo para ofrecerle un intercambio.

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