Circe II

Foto de Doug Gentry

Siéntese cómodamente, míreme a los ojos, escuche mi voz e imagine un mar plácido, más atrás un bosque; luego, una cabaña rústica. Abra la puerta, fije su atención en la mujer desnuda, recostada arriba de una piel de tigre; el fuego ilumina su cuerpo. La mujer lo llama. Cuando cuente hasta tres usted estará dormido, la mujer dirá “ven a mí, viajero”. Cuidado. Ella es bruja y adivina el parpadeo. A pesar de la advertencia, naufragará en sus brazos.

Usted es un niño que juega con su madre a la ronda. Da vueltas y vueltas y vueltas. Usted es feliz y tan pequeño; su boca busca con avidez el pezón. Usted es diminuto, puede nadar y jugar con el cordón que lo ata a la vida. Tranquilo. No se le ocurra ir más allá. Déjese ir, vuelva a ser piedra, luz, palabra vacía. Cuando oiga el chasquido de mis dedos, usted, Ulises, rey de Ítaca, el que me cerró la puerta, habrá desaparecido, y yo escribiré la nostalgia de los días por venir.

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